Mi vieja c15 • Pagina 27

 





Estaba la noche muy cerrada y los arboles arriba se cerraban tambien.

Caminaba por el bosque con mi linterna frontal en la frente, ella caminaba conmigo.

—¿Para que necesitas la linterna? —me susurró con voz suave

—Para ver en la oscuridad y no tropezar —Le respondí.

—Intenta acostumbrar tus ojos a la oscuridad y ve mas despacio.


Me quité la linterna de la frente y seguimos caminando. Al rato volvió a preguntarme:


—¿Para qué necesitas tus sandalias?

—Para proteger mis pies... —le respondí de nuevo.

—Entonces ves mas despacio.


Me quité las sandalias.


Caminamos sobre la piel del mundo, a veces fría, a veces calida o áspera y sobre la piedra y las raices, esquivando a sus pequeños habitantes.

Como solía suceder a veces, de pronto ella se quedo quieta. Lo que parecía un Búho cantaba hacia la inmensidad. Nos abrazamos allí, a oscuras, descalzos. Aun se escuchaban algunos tambores a lo lejos. 

Quisé decir algo, escapar de algun modo, colocar una palabra entre nosotros, un debate, una idea, un humo, una copa, como siempre, un muro, nombres, la edad, estudios, trabajo, el mundo, hoy escuché, mañana iré, alguna pantalla, esperaré, quiero, quisiera ser, no se, tendría, debería, mira... Pero no pude.

Se escurrieron los disfraces y las mascaras, todo lo que no era nuestro, lo que nunca había sido, lo que otros habían colocado en nuestras manos, las mochilas ajenas, desaparecieron. 

Su pelo rubio y enredado como larguísimas lianas bajaba a traves de su cuerpo. Sus ojos tenían en el medio de la noche un fulgor ancestral.


Me desperté decidido, abandonando aquel sueño preñado de recuerdos, tembloroso, sabiendo cual era el siguiente paso y decidido a continuar mi camino, sabiendo que debía hacerlo solo y avanzar ganandole cada metro al miedo.

—Vamos Mona — bajó la escalera de madera como una exalación, moviendo el rabo y ladrando en todas direcciones.

Me despedí de quienes aun quedaban en aquella casa, subí a mi vetusto caballito de metal, suspiré un segundo, me sequé las lagrimas como tantas otras veces, miré el mapa, confirmé la ruta hacia Tours, encendí el motor y deje poco a poco atras Ancenis, su rio lleno de silex y piedras misteriosas, su laberinto de manzanos y viñas, el cabaret Svoboda que había nacido y brillado como una estrella fugaz y se había esfumado igualmente veloz.


Allí nos encontramos de nuevo. Creo recordar que no dijimos nada, simplemente nos miramos, nos abrazamos y reimos como rien los supervivientes, los naufragos, los fugitivos que cruzaron la frontera, escualidos, hambrientos y felices. 

Encontramos en algun lugar de la ciudad de Tours un sombrero de explorador, abandonado sobre un semáforo. 

No le quedaba mal, la gente sonreía al ver pasar a Mona, seguida de dos extraños que parecian sacados de otra época y recuerdo que alguien me advirtió de la cercanía de una pantera. Aquello oficialmente era una exploración en toda regla, de una ciudad para los dos desconocida.

Anduvimos a lo largo del Loira, así es como ella dijo que se llamaba aquel rio. Nunca un nombre sonó tan bien en unos labios. Para mí aquel lugar se convirtió en un simbolo, de lejanía y soledad, de nocturnidades levemente palpitantes, de transcurso, de encuentro y despedida. 

—Vamonos de aquí —le dije— abandonemos la ciudad, podemos ir a donde queramos ¿A donde quieres ir? 

—Mmm... ¿Quieres que vayamos a Angers? Podemos dormir en algun bosque

—Bien —le dije— vamos a Angers.





















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