Manoplas para la olla caliente
En el amanecer hay una sábana que ondea junto a todos los fantasmas del verano.
Parece que tras esa esquina aguarden mis amigos, cargados de madera, vino, lápices, pinturas, marionetas, hojas de papel cuyas letras escapan de los márgenes, cafeteras, almohadas, guitarras, un libro en francés sobre cómo hacer tu propia chimenea, un tiple con cuerpo de armadillo.
he encontrado esto y puede que funcione, búscame un enchufe.
La sábana ondea, como el emblema de una canción desconocida.
La sábana ondea, como la bandera azul de Puakatike, Aldebarán o Albanta. Con apenas unas gotas de rocío.
—No hay poema si uno quiere terminarlo, ni uno aprende a caminar sabiendo a dónde va
—le digo seriamente al viento y a la arena.
Hay una calle que da a cuarenta años atrás. Desde las puertas de las casas abiertas todo el año, llegan hasta mí viejos discursos, voces desde el fondo del mar, anuncios de colonias y detergentes que creía olvidados. La propia luz que baja a los felpudos tiene un color ocre de periódico empapado en ron.
Ella adora esta calle, que da a una iglesia hecha de granito en honor de la patrona de los pescadores, pero que recuerda a una enorme empuñadura de espada sin su filo o a una enorme serpiente sin cabeza.
Últimamente los grafitis son mi calendario; mido el tiempo que pasa según se descoloran, se apagan, se sustituyen. Sin embargo, hay algunos que tienen paladines protectores. Los visitan, los miman, los repintan y a mí, de paso, sin quererlo, también.
Algo silba en el fuego, que me saca de mi abstracción de azulejos. Me había ido.
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