Mi vieja c15 • Pagina 20

 









Tristemente mi trabajo en aquellas viñas llegaba a su fin, era el momento de plantearse de nuevo hacia donde ir. 

Existía la posibilidad de continuar trabajando pero esta vez recogiendo manzanas y en cuanto pude me inscribí para ello. Sin embargo pensaba que estaba en cierto modo traicionándome a mí mismo. Lo que realmente me gustaba era tocar la guitarra y en aquel lugar apenas lo había intentado, tal vez ganase mas que recogiendo frutas y estaba perdiendo el tiempo. Había al menos que comprobarlo.

Fuí hasta la furgoneta, tomé el mapa que estaba bajo el asiento del copiloto y volví adentro de la casa. 

Lo abrí en medio de la cama y busqué la zona en la que me encontraba.

A unos cuarenta kilometros hacia el norte había una ciudad grande llamada Nantes. Sonaba bien.

Agarré mi guitarra, un poco de ropa, dos platanos y dos manzanas y me largué. En ese momento estaba solo así que dejé un notita en la entrada: Volveré.

Me subí una vez mas en mi barquito de asfalto, como siempre el miedo estaba ahí diciendome que aquello no era buena idea.

Fui adentrándome en Nantes despacito y con mucho cuidado hasta que encontré un sitio donde fuese facil aparcar. Guardé el mapa, me cambie de ropa, agarré mi guitarra, una sillita y me fui. No sin antes apuntar en un papel donde estaba aparcada la furgo e intentar memorizar algun punto cercano.

No había mucha gente. Mientras caminaba la ciudad se transformaba poco a poco y adquiría un aspecto mas medieval, mas piedra, mas oscuro. 

Ante mis ojos fue apareciendo un castillo enorme, nunca había visto algo así, era el castillo de los duques de Bretaña que en aquel momento albergaba una gran exposición sobre la esclavitud y el exilio.

Allí se exponían objetos diversos, cadenas, armas, argollas y de pronto aparecía otra habitación anexa hablando del exilio español durante la guerra civil. Los datos eran escalofriantes. 

Salí de aquel lugar un poco conmocionado tras descubrir cómo se habían construido las llamadas "Folies" francesas.

Me adentre en el hermoso casco histórico de Nantes, hasta que llegué a una calle de adoquines que pasaba bajo un arco gótico y que me pareció perfecta para tocar algunas canciones. 

Desplegué mi sillíta y comencé mi concierto. Ahí estaba una vez mas, cantando para nadie. Un nadie que de pronto tenía rostro y se detenía y tenía nombre y sonreía y me daba la mano pasando así de pronto los dos a tener palabras, nombres y a brillar como dos luciérnagas. 

Entonces llegaba otra luciérnaga trayendo aun mas luz y dando calor a aquel extraño akelarre en torno a una cigarra luminiscente con un sombrero de copa y una guitarra. Luego las luciernagas se marchaban, y la luz se iba apagando poco a poco...

Hasta que pasó ella.




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