Arriero sin serlo
Cae la arena y mi mano que duerme sobre tus hombros, se escurre de la muñeca la cadena, el minutero, de los ojos el mapa, del oido la voz del gps.
Deslizo por la raiz el carboncillo y se me olvida cuantos kilometros me separan de cuervos y olmos, de carreteras donde exista un bar que se llame los cuatro caminos.
Acaricio el papel con la mano y dejo un humo recien nacido, una hoguera que dure hasta que los grillos comiencen a cantar su canción de cuna, de la noche y los tejados.
El fuego es un amigo, la polvora una antigua compañera, que adoro colocar en montoncitos sobre la piedra de la chimenea para verla arder, mientras el olor se mezcla con el de las vacas y los pinos a lo lejos, cuando atardece y vuelven todos los amigos que se fueron y ¡Ay! Malaya la noche traiga recuerdos que hagan menos pesada la soledad de quien es arriero sin serlo.
Me aposto en el risco, junto a las rocas y monto guardia, con mi guitarra a modo de fusil, el mate, a veces el viento, a veces estas tu y cantas conmigo. Velo en las montañas a mi alegría, le doy tiempo para que se cure, para que regrese, para que descanse de perseguir humo y candilejas. Ella se sienta conmigo y entonces es envuelta por la noche. Tengo algunos libros para entonces, y ella lee conmigo.



Sigue escribiendo que tus palabras iluminan la noche y nos dan esperanza.
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