Apertura de diafragma
El lápiz sobre el papel, la ventana, una hogaza solar.
Un tapir cruza la selva de Botswana, la mirada se desvía hacía los libros.
La mano hila la brisa que pasa bajo la madera que cruje, que se desespera.
Con ese hilo de aliento y de grafito, superpone una hoguera a los gendarmes, a los ejecutivos. Les amaga un destino hípico.
Ella se mueve y salpica hilos de cobre y oro en todas direcciones.
Con los ojos cerrados veo a la mujer de arcilla, con un niño en la espalda, cruzar el polvo del desierto, el de la tierra negra y el cemento.
La ventana suele ser frontera:
Tras la que uno aguarda, para entrar a un mundo húmedo, rítmico, de ballenas y estrellas, o para salir de uno poligonal, numérico, de zapatos oscuros, paraguas, taxis, toldos y perritos Shiba inu.
Ella bosteza, abre los ojos, pie derecho primero, suelo frio y has dormido bien, he soñado con Kenia, una mujer extraña, voy al baño y vuelvo.
El baño tambien tiene ventana, polar, da a un patio andaluz con una fuente en forma de estrella de David, que da a un caminito de piedra que sale hacía la judería, huele a pan y a canela. Quizas tambien al viejo Porto y ha llovido en Ribeira, los escalones tienen musgo verde y alguien toca el violín desde un balcón, que da a un cementerio arcaico donde alguien limpia una calavera que emerge de la arena. Con sumo cuidado pasa el pincel y quita siglo tras siglo. Del balcon baja la música del violin y parece ir de la mano de la mujer que arriba brilla con una luz azul en un vestido blanco sobre los edificios donde aparentemente todo duerme.



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