La casa del árbol (primera parte)




Cuando tenía nueve o diez años mi hermano y yo andábamos siempre por la montaña. Nos encantaba perdernos monte arriba. No, no teníamos ni móviles ni sabíamos lo que era eso.

Yo llevaba en la cintura un puñal que me había regalado mi abuelo, aun lo tengo, con el mango de hasta de ciervo, con la forma de una pequeña espada, las iniciales J.S grabadas y una funda de cuero a medida. Mi hermano llevaba una navaja que debía medir el largo de su antebrazo. No nos daba miedo el viento ni la lluvia, más bien eran un regalo que hacía más hermosa la aventura de andar asalvajados, absolutamente vivos, levantando trincheras y asando verduras en hogueras improvisadas bajo la luna. Verduras robadas de los huertos vecinos que a veces nos costaban más de una persecución o unos pedradas en el culo. 
En aquel tiempo levantamos un refugio de madera en un algarrobo enorme. Aún me pregunto cómo fui capaz de subir las maderas yo solo hasta allí, porque hasta que la casa no estuvo a medias nadie quiso venir a ayudar.
Imaginaros a un chaval de diez  años, cargando monte a través con un montón de maderas, una caja de clavos y una cuerda.

—Así que nadie cree que sea capaz de hacerlo —Pensaba mientras cargaba con todo aquello— bueno pues ya lo veremos. 

En aquel arbol, de alguna manera llegamos a meter hasta un pequeño sofá encontrado en un vertedero. 
El vertedero era el lugar preferido de los chiquillos en aquel momento, alli podíamos encontrar de todo, desde revistas porno, comics, hasta ataudes ya que el cementerio estaba al lado.

Casi en la cima de la montaña vivía un ermitaño, en una pequeñisima casita azotada por los eternos vientos que incluso habían hoyado las rocas alrededor. La casa tendría unos cuatro metros cuadrados, pero antes de saber que alguien vivía ahí también valoramos la posibilidad de que se tratase de un refugio. La guarida de un grupo de atracadores armados que escondían allí sus tesoros. Lo que acabo de contar inflamaba nuestra imaginación y por eso planificamos cuidadosamente el espionaje y asalto a la pequeña casita.

Éramos tres, mi hermano, Jose Luis y yo, ocultos tras una gran roca, al acecho, uno de nosotros sería seleccionado para golpear la puerta y preguntar por Toby, el pequeño perro perdido hace unos días. No hizo falta. De pronto la puerta se abrío y por ella emergió un anciano robusto con unas gafas redondas, de piel muy morena, que se detuvo unos segundos a contemplar el pueblo a lo lejos. Contuvimos la respiración y esperamos.





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