jueves, 23 de mayo de 2019

La casa del árbol (segunda parte)







Atrincherados tras aquella roca observámos como aquel anciano forzudo cargaba a la espalda varias bolsas llenas de trastos y emprendía el camino monte abajo.  Nos miramos un segundo, allí estábamos mi hermano, yo y Jose Luis, una especie de psicópata regordete en miniatura que por alguna razón  era nuestro mejor amigo.

—Bien, este es el plan— dije tratando de aparentar seguridad — uno de nosotros debe entrar ahí, pero primero debemos golpear a la puerta y asegurarnos de que no hay nadie más en el interior... José Luis tu eres el más valiente, por lo tanto... ¿Ehh? ¿José Luis?

—Mi madre me ha dicho que tengo que cuidar a mi hermana ¡Nos vemos por la tarde! 

José Luis bajaba por la pendiente contraria en dirección a ninguna parte, en una clara y cobarde huida, siendo interceptado rápidamente.

—Esta bien lo vamos a decidir tirando una moneda. Si sale cara tu golpeas la puerta, si sale cruz lo hará mi hermano.

Finalmente hubo un motín y tuve que ir yo a golpear la puerta, mientras a lo lejos oía unas risitas apagadas tras una roca. 

—¿Hola? Toby ¿Estás ahí? 

No hubo respuesta. Empujé la puerta y tras una débil resistencia finalmente se abrió. Las risitas se apagaron definitivamente. En el interior encontré algunas herramientas, útiles de aseo, un colchón, una navaja, una cartera y un montón de revistas porno de las cuales sustrajimos rápidamente algunos ejemplares.

Por alguna estúpida razón le robamos la cartera... Cogimos un martillo, una navaja y nos fuimos. 

Aquella noche no pude dormir.

—Pobre hombre — pensaba — mañana iré a devolverle sus cosas.

A la mañana siguiente volví a subir la montaña y como ya conocía el nombre del anciano, una vez estuve cerca de la casa grite:

—¡Valeriano! ¡Sal que hemos encontrado tu cartera!

Al cabo de un par de gritos más Valeriano asomo por la puerta.

— ¡Menos mal! Creí que la había perdido en la montaña... –dijo ajustándose las gafas— ¿Y tú de dónde has salido?

—Estamos haciendo una casita en un árbol cerca de aquí.

Valeriano se sentó a mi lado:

—Este es un lugar especial, pero tenéis que tener cuidado con los cazadores y con los escorpiones... Al menos ya no hay tiros, aquello terminó hace mucho.

Me contó algunas historias de la guerra, luego se despidió y volvió a su casita, cerró la puerta y yo bajé montaña abajo imaginandome que era un soldado desertor, que huía a través de los barrancos. A lo lejos vi venir a un niño del pueblo. Me escondí y cuando estuvo cerca le dije con la voz más grave que pude:

—¡Detengase! Está usted entrando en una zona prohibida. Si da un paso más abriré fuego.

El niño se detuvo tratando de averiguar de donde provenía la voz.

—¡Este es el campo de mi abuelo y como te coja te vas a enterar de lo que es una zona prohibida!

—¡Abran fuego!

Desde detrás de unos arbustos empezaron a llover una mezcla de piedras, trozos de corteza y algarrobas que impactaron directamente en el supuesto invasor. Este lejos de amedrentarse inicio un contraataque al arbusto armado con naranjas y un hazadon.

—¡Retirada!

 Corrí entre los naranjos hasta que lo hube perdido de vista. Aquel encuentro generaría con probabilidad una incursión en la casa del árbol. La guerra había comenzado.





Continuará...




martes, 21 de mayo de 2019

La casa del árbol (primera parte)




Cuando tenía nueve o diez años mi hermano y yo andábamos siempre por la montaña, nos encantaba perdernos monte arriba. No, no teníamos ni móviles ni sabíamos lo que era eso. Yo llevaba un puñal que me había regalado mi abuelo, mi hermano llevaba una navaja que debía medir el largo de su antebrazo. No nos daba miedo el viento ni la lluvia, más bien eran un regalo que hacía más hermosa la aventura de andar asalvajados, levantando trincheras y asando verduras en hogueras improvisadas. Verduras robadas de los huertos vecinos que a veces nos costaban más de una persecución o unos pedradas en el culo. En aquel tiempo levantamos un refugio de madera en un algarrobo enorme. Aún me pregunto cómo fui capaz de subir las maderas yo solo hasta ahí, porque hasta que la cosa no estuvo a medias nadie quiso venir a ayudar.
Imaginaros a un chaval de diez  años, cargando monte a través con un montón de maderas, una caja de clavos y una cuerda.
Ahí arriba de una forma increíble llegamos a meter hasta un pequeño sofá encontrado en un vertedero, que era el lugar preferido de los chiquillos en aquel momento, alli podíamos encontrar de todo, desde revistas porno hasta ataudes (el cementerio estaba al lado).

En la montaña vivía un ermitaño, en una pequeñisima casita azotada por los vientos, donde cabía el y sus cosas, pero antes de saber que alguien vivía ahí también valoramos la posibilidad de que en esa casa viviesen un grupo de atracadores armados que escondían allí sus tesoros (éramos así, no nos juzgues). Lo que acabo de contar inflamaba nuestra imaginación y por eso planificamos cuidadosamente el espionaje y asalto a la pequeña casita.

Éramos tres, tras una gran roca, al acecho, uno de nosotros sería seleccionado para golpear la puerta y preguntar por Toby, el pequeño perro perdido hace unos días. No hizo falta. De pronto la puerta de abrío y por ella emergió un anciano robusto con unas gafas redondas, de piel muy morena, que se detuvo unos segundos a contemplar el pueblo a lo lejos. Contuvimos la respiración y esperamos.



Continuará...

lunes, 20 de mayo de 2019

La llave




Hacer del dolor una llave.

Fundirla y fabricar con ella una moneda. Últimamente el verso roza el peso de una bala de plata. Últimamente la rima anda pegada a la pared, viste de negro, es inmoral decir porque se esconde. Yo lo digo, camuflado del acecho de los pacificadores. Los escenarios deberían estar forrados con papel de diario, así los versos serían más honestos, quedaría claro el afán informativo y la empresa panfleto al descubierto.
Hacer del dolor una llave. 
Fundirla y fabricar con ella una moneda.
Últimamente la poesía es útil, no esperes ver a nadie saltar sobre tu tumba de poeta, lo útil suele estar bajo control y ¿quien andaría con una vaca por Santiago desafiando al campeón, si la locura ya no está de moda?. Recita, toma la llave que sacaste del dolor pero recuerda que abre varias puertas y algunas van a dar a abismos por donde cae y muere la belleza.

sábado, 11 de mayo de 2019

Cae a plomo



Cae la banana en la república.

El cacique mira por ultima vez tras la ventana, el rostro es un poema de Peman.

Cae el árbol entero, a lo lejos suena el mar, nadie se cree ya el cuento en la pequeña caja negra que da las instrucciones, que indica el camino, que dirige la lagrima, que señala el buenhacer del prohombre al que nunca llama dictador. Yo tampoco, mas bien cacique, caciquillo, hijo de su época, amigo de su tiempo. En Platania a nadie le gusta hablar mal de los difuntos, por mas que hubiesen sido dictadores, por mas que dirigiesen las cloacas e hicieran oídos sordos, ojos ciegos.




Cae al pie de la mesa de caoba, tras una ultima mirada a los obreros, las bananas y el mar. 




Al día siguiente lloran todos, menos los obreros, aunque la cajita, maldita caja negra impuesta en cada salón, les diga que han de llorar y no esta permitido pensar distinto, dudar de la bondad de los difuntos que de pronto nunca tuvieron un látigo guardado. Lloran todos, menos los obreros que aunque parezca mentira siempre recuerdan, siempre.

domingo, 20 de enero de 2019

La vuelta a casa



Me senté delante de aquella ventana, afuera llovía. Llovía mucho. El agua bajaba formando pequeños ríachuelos, todo olía a tierra. Los almendros, las montañas alrededor de mi pueblo, era un día de finales de abril. Mi padre arrancó el coche o al menos lo intentó, la batería mágicamente había dejado de funcionar. La verdad es que no quería irme ni que el coche arrancase finalmente ¿Quien querría volver a la ciudad? A esa casa sin pájaros, sin ríachuelos, sin atardeceres, sin luciérnagas ni erizos saliendo a medianoche... ¿Quien querría volver a aquella casa? A esa habitación que no olía a madera, que no tenía estrellas en la esquina, estrellas que no fueran pegatinas. ¿Quien querría volver a aquel lugar? Marcharse de la mar, dejar a las avispas y a las abejas, el tomillo y la ruda, el romero y la panadería. Finalmente el coche arrancó, mi padre no sonreía, yo lloraba con la lluvia y quería ser esas golondrinas que nos despedían, quedarme allí, donde era tan sencillo ser feliz.

miércoles, 2 de enero de 2019

Memoria ancestral




Naces. Llegas con un camino en los pies, con una misteriosa facilidad para escalar montañas, frente al espejo hablas una lengua antigua, desaparecida. A tu lado, imposible de entender para el mundo a donde llegas, ves a tus ancestros, guiándote como fue siempre. Ves al Faican y a las Harimaguadas y el tiempo no existe, pero todo esto parece no importar... ¿que son cinco mil años de tradiciones al lado de un robot?. Creces y te rebelas contra la perdida de tu alegría, contra el olvido de tu magia, te rebelas y nadie entiende... tu dices yo no soy de aquí, no soy de ningún lado, o tal vez de algún lugar que ya no existe y del que solo quedan las leyendas, y en el bosque falta gente, falta tu tribu.

Pasa el tiempo y finalmente cedes, te olvidas, asumes las obligaciones, lo inexplicable esta descartado, no tiene hueco, igual que las lagrimas o el impulso de gritar al llegar a la cima, de hecho ya hace mucho que no subes a la cima, la montaña tambien esta muy lejos y tu vives en un segundo con ascensor, te levantas y el periódico te cuenta las mismas vainas.
 no sabes porque ni de donde viene esa tristeza de pronto, por qué esa inseguridad, por qué tu nombre no encaja con tu pelo, por qué tu voz no encaja en la velocidad del mundo y ese "por qué" también quedo descartado, pasado extraño que te hace sentir incomodo .
Un día te despiertas sin saber quien eres, vacio y misteriosamente en paz,  lo has vuelto a ver, al Faican con esos surcos rojos bajo las mejillas mostrándote una cumbre que crees que no conoces, animándote a andar de nuevo, ahí comienza tu viaje, ahí dejas el miedo, ahí recuerdas que nada es tan valioso como la libertad, ahí queda en el suelo todo el disfraz oscuro y la soga que apretaba tu cuello y no sabes todavía hacia donde iras, y sin embargo a cada paso vas descubriendo en cada piedra una huella oculta como si la propia piedra hablase, nada aparentemente tiene sentido y sin embargo todo esta lleno de el, de una forma que va mas allá de las palabras.